Como Resolver Problemas de Finanzas

Como Resolver Problemas de Finanzas

El viejo escocés excéntrico también lo sabía. Desde las majestuosas alturas de Skibo Castle había visto,
primero divertido y luego con resenti miento, los intentos de las pequeñas compañías de Morgan
entremetiéndose en sus negocios. Cuando esos intentos se tornaron demasiado importantes, el mal genio de
Carnegie se convirtió en ira y en deseos de venganza. Decidió duplicar cada fábrica suya por cada una que
sus rivales poseyeran. Hasta entonces no había tenido interés en cables, tubos, flejes ni planchas. En cambio,
se contentaba con venderle el acero en bruto a esas compañías y las dejaba que trabajaran en la especialización
que quisieran. Ahora, con Schwab como jefe y lugarteniente capaz, planeaba arrinconar a sus
enemigos contra la pared.
Así fue como Morgan vio la solución a su problema de combinaciones en el discurso de Charles M. Schwab.
Un trust sin Carnegie, el gigante, no sería ningún trust, sino un pastel de ciruelas sin ciruelas.
El discurso de Schwab de aquella noche del 12 de diciembre de 1900 aportó la sugerencia, que no la
solicitud, de que el vasto imperio Carnegie podía llegar a estar bajo la sombra de Morgan. Habló del futuro
mundial del acero, de reorganización en aras de la eficiencia, de especialización, de deshacerse de compañías
improductivas, de la concentración del esfuerzo en las propiedades florecientes, de ahorros en el tráfico de
mineral bruto, de ahorros en los departamentos directivos y administrativos, de captar mercados extranjeros.
Más que todo eso, les dijo a los bucaneros que había entre ellos dónde estaban los errores de su piratería
habitual. Sus propósitos, suponía él, habían sido crear monopolios, aumentar los precios y pagarse a sí
mismos dividendos exagerados más allá de todo privilegio. Con su estilo campechano, Schwab condenó ese
sistema. La estrechez de miras de semejante política, dijo a su auditorio, residía en el hecho de que restringía
el mercado en un momento en que todo pugnaba por la expansión. Abaratando el coste del acero, explicó, se
crearía un mercado expansivo; se idearían más usos para el acero y se captaría una parte considerable del
mundo de la industria. En realidad, aunque él no lo supiese, Schwab era un apóstol de la moderna fabricación
en serie.
Así acabó la cena en el University Club. Morgan se fue a su casa, para pensar en las predicciones de
progreso de Schwab. Schwab regresó a Pittsburgh, a dirigir el negocio siderúrgico para «Wee Andra
Carnegie», mientras Gary y todos los demás volvían a sus teletipos, para especular, anticipándose al
próximo movimiento.
No tardó mucho en suceder. A Morgan le llevó más o menos una semana digerir el festín de
razonamientos que Schwab le había puesto delante. Cuando se aseguró de que no iba a sufrir ninguna
«indigestión financiera», llamó a Schwab…, y se encontró con un hombre bastante reticente. Al señor
Carnegie, le dijo Schwab, quizá no le alegrara mucho descubrir que el presidente de su conglomerado de
empresas había estado coqueteando con el emperador de Wall Street, el barrio que Carnegie había resuelto
no pisar jamás. Entonces John W. Gates, que hacía de intermediario entre Morgan y Schwab, sugirió que si
Schwab estuviera casualmente de paso por el Belle Vue Hotel, de Filadelfia, J. P. Morgan podía «coincidir»
con él en el mismo sitio. Sin embargo, cuando Schwab llegó, Morgan se hallaba enfermo en su casa de
Nueva York, y, presionado por el hombre mayor, Schwab viajó a Nueva York y se presentó ante la puerta de
la biblioteca del financiero.
En la actualidad, ciertos historiadores de la economía han expresado la sospecha de que esta historia,
desde el principio al fin, fue planificada por Andrew Carnegie, que la cena en honor de Schwab, el célebre
discurso, la reunión del domingo por la noche entre Schwab y el rey del dinero fueron sucesos que el sagaz
escocés había preparado de antemano. La verdad es precisamente todo lo contrario. Cuando Schwab fue
llamado a cerrar el trato, ni siquiera sabía si el «jefecito», como llamaban a Andrew, prestaría atención a una
oferta de vender, en particular a un grupo de hombres a quienes Andrew consideraba dotados de algo
menos que la beatitud. Pero Schwab acudió a la reunión con seis hojas escritas de su puño y letra, llenas de
datos que, según él, representaban el valor físico y potencial de rendimiento de cada compañía metalúrgica
que él consideraba una estrella esencial en el nuevo firmamento del metal.